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Así narró el soldado Jack Traynor el milagro de su curación en el Santuario de Lourdes. ACIPRENSA. Por Nicolás de Cárdenas. 12dic24. https://www.aciprensa.com/noticias/109135/asi-narro-jack-traynor-el-milagro-de-su-curacion-en-el-santuario-de-lourdes
Resumen:
En 1944, el P. Patrick O'Connor, sacerdote irlandés miembro de la Sociedad Misionera de San Columbano, publicó "Yo conocí un milagro: la historia de John Traynor, sanado de forma milagrosa en Lourdes".

En él, narra cómo a lo largo de diez horas de viaje en tren a Lourdes, el viernes 10 de septiembre de 1937, Jack Traynor le contó de primera mano cómo fue sanado en 1923 en el Santuario de Lourdes de las heridas incapacitantes que sufría desde su participación en la I Guerra Mundial.
Recientemente, el Arzobispo de Liverpool (Reino Unido), Mons. Malcom McMahon, ha declarado esta curación como milagrosa, reconocida como la 71ª atribuida a la intercesión de la Virgen de Lourdes.
El P. O'Connor describe a Traynor como un "hombre corpulento, de un metro setenta de estatura, con un rostro fuerte y rubicundo" quien, atendiendo a su biografía "debiera de haber estado, si es que estaba vivo, paralizado, epiléptico, lleno de llagas, encogido, con el brazo derecho arrugado e inútil y un enorme agujero en el cráneo". Era un hombre "con su fe y piedad varoniles", sin pretensiones, "pero obviamente un católico militante intrépido". A pesar de sólo haber recibido la Educación Primaria, tenía "una mente clara enriquecida por la fe y preservada por una gran honestidad de vida".
Cómo Jack Traynor llegó a ser considerado incurable. Jack Traynor nació en Liverpool. Algunas fuentes aseguran que en 1883. Su madre era una mujer irlandesa, católica, que murió cuando Traynor era aún joven. "Pero su fe, su devoción a la Misa y a la Sagrada Comunión —lo hacía a diario cuando muy pocos lo hacían– y su confianza en la Virgen permanecieron con él como un recuerdo y ejemplo fecundo", recuerda O'Connor.
Movilizado al estallar la I Guerra Mundial, recibió un primer impacto de metralla que le tuvo inconsciente 5 semanas. Enviado en 1915 a la fuerza expedicionaria a Egipto y al Estrecho de los Dardanelos, entre Turquía y Grecia, participó en el desembarco en Gallipoli.
Durante una carga de bayonetas, fue alcanzado por 14 disparos de ametralladora el 8 de mayo en la cabeza, el pecho y el brazo. Enviado a Alejandría, fue operado en los siguientes meses hasta en 3 ocasiones para intentar coserle los nervios del brazo derecho. Le propusieron amputar, pero se negó. Comenzaron los ataques epilépticos y hubo una cuarta operación, también infructuosa, en 1916.
Fue dado de baja con una pensión del 100% "por incapacidad permanente y total", describe el misionero, y en 1920 se le operó del cráneo para tratar de sanar la epilepsia. De aquella intervención quedó con un agujero abierto "de unos dos centímetros de ancho" que fue tapado con una placa de plata.
Para entonces, sufría tres ataques al día y sus piernas estaban parcialmente paralizadas. De vuelta a Liverpool, le proporcionaron una silla de ruedas y le tenían que ayudar para levantarlo de la cama.
Habían pasado 8 años desde el desembarco en Gallipoli. Traynor fue tratado por 10 médicos que sólo pudieron demostrar "que estaba completa e incurablemente incapacitado".
Sin poder andar, con ataques epilépticos, un brazo inservible, tres heridas abiertas… "Era realmente una ruina humana. Alguien se encargó de ingresarlo en el Hospital para Incurables de Mossley Hill, el 24 de julio de 1923. Pero para esa fecha Jack Traynor ya estaba en Lourdes", describe el P. O'Connor.
Jack Traynor cuenta su peregrinación a Lourdes. Según el relato en primera persona redactado originalmente por el P. O'Connor y corregido y asumido por Traynor, el veterano soldado siempre había sentido gran devoción mariana, transmitida por su madre: "Sentía que si el santuario de nuestra Señora de Lourdes estuviera en Inglaterra, iría allí a menudo. Pero me parecía un lugar lejano al que nunca podría llegar".
Al enterarse de que se organizaba una peregrinación al lugar, decidió hacer todo lo posible por ir. Usó un dinero reservado "para alguna emergencia especial" y llegaron a vender enseres. "Mi mujer empeñó incluso sus propias joyas".
Al conocer su determinación, no fueron pocos los que intentaron disuadirle: "Morirás en el camino, traerás problemas y dolor a todos", le dijo un sacerdote. "Todo el mundo, salvo mi mujer y uno o dos parientes, me decían que estaba loco", recuerda.
La experiencia del viaje fue "muy dura", confiesa Traynor, que se sintió muy enfermo en el trayecto. Tanto así, que trataron de bajarlo hasta en tres ocasiones para llevarlo a un hospital en Francia, pero justo donde pararon no había ninguno.
Al llegar a Lourdes "no había esperanza" para Traynor. El 22 de julio de 1923, domingo, llegaron al Santuario de Lourdes, en el prepirineo francés. Allí se hicieron cargo de él dos hermanas protestantes que le conocían de Liverpool, y que se encontraban de forma providencial en el lugar.
La peregrinación, de más de 1.200 personas, estaba presidida por el Arzobispo de Liverpool, Mons. Frederick William Keating.
Al llegar, Traynor se sintió "desesperadamente enfermo", hasta el punto de que "una mujer se encargó de escribir a mi esposa diciéndole que no habría esperanza para mí y que me enterrarían en Lourdes".
A pesar de ello "logré que me bañaran nueve veces en el agua del manantial de la gruta y me llevaron a las diferentes devociones a las que podían unirse los enfermos".
El segundo día, sufrió un fuerte ataque epiléptico. Los voluntarios se negaron a introducirle en las piscinas en este estado, pero su insistencia fue imbatible. "Desde entonces no he vuelto a tener un ataque epiléptico", detalla.
Curación de la parálisis de las piernas. El martes 24 de julio, Traynor fue examinado por primera vez por médicos del santuario, que atestiguaron lo sucedido durante el viaje a Lourdes y detallaron sus dolencias.
El miércoles 25 de julio "parecía estar tan mal como siempre" y, pensando el viaje de retorno previsto para el viernes 27, compró algunos recuerdos religiosos para su mujer y sus hijos con los últimos chelines que le quedaban.
Volvió a las piscinas. "Cuando estaba en el baño, mis piernas paralizadas se agitaron violentamente", describe, lo que provocó la alarma entre los voluntarios que atendían a los peregrinos en el santuario, creyendo que era otro ataque de epilepsia. "Me esforcé por ponerme en pie, sintiendo que podía hacerlo fácilmente", explica.
Sanación del brazo al paso del Santísimo Sacramento. De nuevo le colocaron en la silla de ruedas y le llevaron a la procesión del Santísimo Sacramento. El Arzobispo de Reims, Cardenal Louis Henri Joseph Luçon, portaba la custodia.
"Bendijo a los dos que iban delante de mí, se acercó a mí, hizo la señal de la cruz con la custodia y pasó al siguiente. Acababa de pasar cuando me di cuenta de que se había producido un gran cambio en mí. Mi brazo derecho, que estaba muerto desde 1915, se agitó violentamente. Rompí sus vendas y me persigné, por primera vez en años", describe el propio Traynor.
"Que yo recuerde, no sentí ningún dolor repentino y, desde luego, no tuve ninguna visión. Simplemente me di cuenta de que había ocurrido algo trascendental", añade.
De vuelta en el asilo, el antiguo hospital que hoy alberga las oficinas de la Hospitalidad de Nuestra Señora de Lourdes en el santuario, demostró que podía andar dando siete pasos. Los médicos volvieron a examinarle y concluyeron en su informe que "había recuperado el uso voluntario de sus piernas" y que "el paciente puede caminar con dificultad".
Y Jack Traynor fue corriendo a la gruta. Aquella noche, apenas pudo dormir. Como ya había cierto revuelo en torno a él, varios voluntarios hicieron guardia en su puerta. Por la mañana temprano, parecía que se quedaría dormido de nuevo, pero "en el último suspiro, abrí los ojos y salté de la cama. Primero me arrodillé en el suelo para terminar el rosario que había estado rezando, luego corrí hacia la puerta".
Abriéndose paso, llegó descalzo y en pijama hasta la gruta de Massabielle, hasta donde le siguieron: "Cuando llegaron a la gruta, yo estaba de rodillas, todavía en ropa de dormir, rezando a la Virgen y dándole gracias. Sólo sabía que debía darle las gracias y que la Gruta era el lugar adecuado para hacerlo".
Estuvo 20 minutos orando. Cuando se levantó, había una multitud a su alrededor, que se apartó para dejarle volver al asilo. "Durante todo este tiempo, aunque sabía que había recibido un gran favor de Nuestra Señora, no recordaba con claridad toda la enfermedad que me había precedido", detalla en su narración.
Mientras terminaba de arreglarse por sí mismo, un sacerdote, el P. Gray, que no sabía nada de su curación, pidió que alguien le acolitara durante la Misa, cosa que hizo Traynor: "No me pareció extraño que pudiera hacerlo, después de ocho años sin poder levantarme ni andar", afirma.
Recibió noticia de que el sacerdote que se había opuesto firmemente a que se uniera a la peregrinación quería verlo en su hotel, situado en el pueblo de Lourdes, fuera del santuario. Le preguntó si se encontraba bien. "Le dije que me encontraba bien, gracias, y que esperaba que él también. Se echó a llorar".
El viernes 27 de julio, a primera hora, los médicos volvieron a examinar a Jack Traynor. Dejaron constancia de que podía andar perfectamente, había recuperado por completo el brazo derecho y la sensibilidad en las piernas. La abertura de su cráneo, fruto de la operación, había disminuido de forma considerable y no había padecido más crisis epilépticas. También sus llagas habían sanado al volver de la gruta, cuando se quitó los vendajes el día anterior.
Llorando "como dos niños" con el Arzobispo Keating. A las nueve de la mañana, el tren de vuelta a Liverpool estaba listo para salir de la estación de Lourdes, situada en la zona alta de la localidad. Le habían reservado un asiento en primera clase que, pese a sus protestas, tuvo que aceptar.
En mitad del viaje, se acercó el arzobispo Keating hasta su vagón. "Me arrodillé para que me diera su bendición. Me levantó diciendo: 'Jack, creo que debería recibir tu bendición'. No entendía por qué lo decía. Luego me llevó y ambos nos sentamos en la cama. Mirándome, dijo: 'Jack, ¿te das cuenta de lo enfermo que has estado y de que has sido curado milagrosamente por la Santísima Virgen?'".
"Entonces –prosigue Jack Traynor— me vino todo a la mente, el recuerdo de mis años de enfermedad y los sufrimientos del viaje a Lourdes y lo enfermo que había estado en Lourdes. Empecé a llorar, y el arzobispo también, y nos quedamos los dos sentados, llorando como dos niños. Ahora comprendía plenamente lo que había sucedido".
El recibimiento en Liverpool fue apoteósico. El arzobispo tuvo que dirigirse a la gente para que se dispersaran con sólo ver bajar a Traynor del tren. "Pero cuando aparecí en el andén, se produjo una estampida" y la policía tuvo que intervenir. "Volvimos a casa y no puedo describir la alegría de mi mujer y mis hijos", subraya en su narración.
Jack Traynor concluye su relato explicando que se dedicó en los años sucesivos al transporte del carbón, levantando sacos de 90 kilos sin dificultad. Gracias a la Providencia, pudo atender bien a su familia. Tres de sus hijos nacieron después de su curación en 1923. A la niña, la llamaron Bernadette, en honor a la vidente de Lourdes.
Además deja constancia de la conversión de las dos hermanas protestantes que cuidaron de él, junto a su familia y al pastor anglicano de su comunidad.
Desde entonces, Jack acudió como voluntario a Lourdes de forma recurrente hasta que falleció en 1943, la víspera de la solemnidad de la Inmaculada Concepción.
Paradójicamente, y pese a las evidencias fácticas de su curación, el Ministerio de Pensiones de la Guerra nunca revocó la pensión de invalidez que se le concedió de por vida.
COMENTARIOS
Solo hemos recortado unas pocas líneas de la noticia, porque nos pareció importante conservar, en lo posible, su integridad. Como se dice comúnmente "este relato no tiene desperdicio"; todos los párrafos son importantes, y, sobre todo, porque son los mismos actores y testigos quienes relatan este suceso extraordinario como pocos, de los que sabe hacer nuestra Santísima Madre para los hijos que le aman.

Para un católico común y corriente como un servidor, esta nota nos ha conmovido en grado sumo, al punto de contener las lágrimas de felicidad, solo por ver la grandeza y magnificencia de Nuestra Señora.
Milagro es una palabra que se dice fácil, pero implica vencer muchas barreras del orden natural para entrar en la esfera de lo sobrenatural; de lo imposible para los hombres, pero de lo posible para Dios. Aun teniendo las gracias que nos confieren los sacramentos, pocas veces somos conscientes de cómo en nuestra cotidianidad convergen las necesidades humanas y la vida de la gracia; el mundo material coexiste con en el mundo del espíritu. Cuando la gracia toca nuestros corazones, se produce un verdadero milagro de orden sobrenatural que transforma nuestras vidas. Y el más grande milagro que podemos presenciar los católicos es en la Santa Misa, donde se unen en el instante de la Consagración, el Cielo y la tierra, y Cristo se hace presente en la Eucaristía.
Regresando a la nota, confieso que no hay mucho que comentar. Se trató de un milagro portentoso, pero seguro que no mayor que las muchas conversiones que se sucedieron al contemplar la gloria de Dios y la Santísima Virgen María por medio de este suceso. Y de esos milagros quisiera hacer un recuento:
- No podemos asegurar que en el caso de Jack Traynor se trate de una conversión, pues era un creyente irlandés, que amaba a la Santísima Virgen; pero tampoco podemos negar que después de su curación milagrosa su fervor religioso y su amor a María aumentó considerablemente, no solo manifestándose como un padre y esposo ejemplar, sino también en las subsiguientes visitas a Lourdes, en las que participó como voluntario.
- El milagro recibido por Jack Trainer trajo consigo otras conversiones, entre las cuales consignamos las de dos hermanas protestantes -que le asistieron durante su estancia en Lourdes- y la del Pastor anglicano de su comunidad. Ellos fueron testigos de la transformación física, psicológica y espiritual de Jack, y de la irrefutable participación de la Inmaculada Concepción… Tres almas más para el cielo…
- Destaca la fe del Padre O´Connor y del Arzobispo Keating, que se vio fortalecida al ser testigos del prodigio, y podemos imaginar el celo con el que comunicaron el acontecimiento a sus feligreses. El bien espiritual predicado por estos dos ministros de Dios, debió manifestarse en torrente de gracias para todos los que oyeron hablar de la grandeza de la Virgen María… Sin duda sucedieron más conversiones, milagrosas, aunque no siempre acompañadas de manifestaciones físicas, que no hacen falta para la salvación de las almas.
- Los doctores, enfermeras, voluntarios y asistentes en la peregrinación a Lourdes también fueron tocados por la gracia de Dios al contemplar este milagro. También surgieron conversiones allí. No es la primera vez, ni la última, en que los doctores y demás testigos, deben reconocer que lo sucedido rebasa los límites de lo natural y de lo científico. Y han surgido otras conversiones en este contexto. Puedo recordar la conversión del gran científico Alexis Carrel, premio Nobel de la Medicina, que, de ser escéptico, se convirtió al catolicismo, después de presenciar uno de estos milagros portentosos. Lo ha dejado consignado en su libro "Viaje a Lourdes"[1].
- Tampoco podemos ignorar a muchos de los lectores de esta noticia, que somos tocados por la mano de Nuestra Señora e invitados, o bien a la conversión, o bien a una vida más recta, más santa.
Bendita se Nuestra Señora de Lourdes, la Inmaculada Concepción, que nos comparte sus prodigios y nos invita a permanecer como sus fieles hijos y servidores. Bendito sea Dios por habernos dado a su Santísima Madre para que fuera también nuestra Madre y Protectora.
[1] Carrel, A. (1957) Viaje a Lourdes. Barcelona. Iberia. También se puede consultar la página web https://www.mercaba.es/usa/viaje_a_lourdes_de_carrel.pdf que hace una selección de las páginas donde se relata este milagro. Aparece en el relato como el Dr. Lerrac (Carrel, a la inversa). Su conversión apenas estaba en proceso.